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Editorial SAN PABLO
 
Recursos Pastorales

 

Tiempo de dar gracias

Autor: Jorge A. Blanco
Departamento de Audiovisuales Editorial SAN PABLO
audiovisuales@san-pablo.com.ar

El comienzo de la temporada veraniega ─después de haber celebrado la llegada de un nuevo año─ suele ser un transitorio tiempo de descanso y distención. Por eso, son muchos los que, alejándose de la rutina y los compromisos habituales de trabajo, estudio, etcétera, encuentran ahora el momento adecuado para hacer balances y evaluaciones acerca de lo realizado durante el año que finalizó, y proyectar lo que se desea hacer en el que se inicia.
 
No obstante, y más allá de los logros y las expectativas consumadas o por cumplirse, no deberíamos dejar de recordar que también este momento puede ser una buena oportunidad para reflexionar y dar gracias a nuestro Padre amoroso, por los regalos y las gracias que nos concedió a lo largo de todo este tiempo. Probablemente, no estemos acostumbrados a practicar esta actitud, ya que no siempre solemos valorar los beneficios y los dones con los que el Señor nos bendice. Un cuento simpático y alegórico nos puede ayudar a comprender un poco más acerca de lo que estamos reflexionando:
 
Para leer:
 
Un alma recién llegada al cielo se encontró con un ángel. El ángel llevó a aquella alma a recorrer el cielo.
 
Ambos caminaron, paso a paso, por unos gran­des talleres llenos de otros ángeles. El ángel se detuvo frente a la primera sección y dijo al alma: Esta es la sección de recibo. Aquí se reciben todas las peticiones hechas a Dios me­diante la oración.
 
El alma miró la sección, la cual estaba terriblemente ocupada, con muchos ángeles clasificando peticiones escritas en voluminosas hojas de papel, por personas de todo el mundo.
 
Ellos siguieron caminando hasta que llegaron a la siguiente sección, y le comentó el ángel: Esta es la sección de empaquetado y entrega. Aquí las gracias y las bendiciones que la gente pide son empacadas y enviadas a quienes las solicitaron. El alma vio cuán ocupada estaba también esta sección. Había tantos ángeles trabajando en ella como tantas bendiciones estaban siendo empa­quetadas y enviadas a la tierra.
 
Finalmente, en la esquina más lejana del cuarto, el ángel se detuvo en la última sección. Para su sorpresa, solo un ángel permanecía en ella, ocioso, haciendo muy poca cosa.
 
Esta es la sección del agradecimiento dijo el ángel al alma.
 
¿Cómo es que hay tan poco trabajo aquí? preguntó extrañada el alma.
Esto es lo peor contestó el ángel. Después que las personas reciben las bendiciones que pidieron, muy pocas envían su agradecimiento.
 
¿Cómo uno agradece las bendiciones de Dios?
 
Simple respondió el ángel. Solo tienes que decir: “Gracias, Señor".
 
(Yanira C.)
 

 
Para la reflexión personal y grupal:
 
-Volver a leer el relato y señalar aquello que más nos haya interesado: alguna frase, pregunta o respuesta, el tema del que trata el relato, el final, etcétera.
 
-¿Qué ocurría en la primera sección que el ángel y el alma del cuento visitaron? ¿Por qué había tanto trabajo allí?
 
-Centremos ahora la atención en la segunda sección: ¿en qué se diferenciaba y en qué se parecía a la primera? ¿Por qué?
 
-¿Qué sucedió al llegar a la sección del agradecimiento? ¿Cuáles era sus características? ¿Debido a qué motivos?
 
-Señalemos la enseñanza que a cada uno de nosotros nos ha dejado este relato. ¿Nos sentimos interpelados, representados en algo?
 
-¿Solemos ser agradecidos, especialmente con nuestro Dios, por los regalos, los beneficios, etcétera, que nos brinda a diario generosamente? ¿Somos capaces de reconocer esos regalos, por ejemplo, los que hemos recibido a lo largo de este año que culminó, o, por el contrario, solo ponemos énfasis en aquello que creemos que nos falta o mereceríamos recibir?
 
-¿Somos agradecidos también con aquellos que Dios nos ha regalado y puesto en nuestra vida (familia, amigos, sacerdotes, maestros, médicos, compañeros de trabajo, etc.)? ¿Vemos en ellos la presencia divina también? ¿Por qué creemos que nos cuesta tanto verlo, ser agradecidos, etcétera?
 
-¿Creemos que es posible hacer de nuestra vida cotidiana una constante acción de gracias al Creador? ¿De qué modo y a través de que gestos, actitudes podríamos lograrlo? Propongámonos alguna promesa, propuesta, etcétera, para empezar en este año que estamos comenzando.
 

 
Para profundizar nuestra reflexión:
 
Si lo pensamos bien, podemos observar que toda nuestra vida debe ser una continua acción de gracias. Por eso, recordemos con frecuencia los dones naturales y las gracias que Dios nos da, y no tratemos de perder la alegría cuando pensemos que nos falta algo. Porque es posible que incluso eso mismo de lo que carecemos sea una preparación para recibir bienes más grandes y mejores. Recuerden las maravillas que él ha obrado, nos exhorta el Salmo 104. El samaritano, a través del gran mal de su lepra, conoció a Jesucristo y, por ser agradecido, se ganó su amistad y el incomparable don de la fe: Levántate y vete: tu fe te ha salvado.Por su parte, los nueve leprosos desagradecidos se quedaron sin la mejor parte que les había reservado el Señor. Porque ─como enseña san Bernardo, en el comentario al Salmo 50─ “a quien humildemente se reconoce obligado y agradecido por los beneficios, con razón se le prometen muchos más. Pues el que se muestra fiel en lo poco, con justo derecho será constituido sobre lo mucho; así como, por el contrario, se hace indigno de nuevos favores quien es ingrato a los que ha recibido antes”.
 
De ahí que nos debamos preguntar si agradecemos todo al Señor. Si vivimos con la alegría de estar llenos de los regalos de Dios. Si no dejamos de apreciarlos. ¿Agradecemos, por ejemplo, la facilidad para limpiarnos de nuestros pecados en el sacramento de la penitencia? ¿Damos gracias frecuentemente por el inmenso don de tener a Jesucristo con nosotros, en las iglesias de nuestra ciudad, de nuestra calle, tal vez?
 
Ninguno hay que, por poco que reflexione, no halle fácilmente en sí mismo motivos que lo obliguen a ser agradecido con Dios. Al conocer lo que él nos ha dado, encontraremos muchísimos dones por los que, continuamente, dar gracias”, dice san Bernardo. Por cierto, muchos favores del Señor los recibimos a través de las personas que tratamos diariamente; por eso, en tales casos, el agradecimiento a Dios debe pasar por esas personas que tanto nos ayudan a que la vida sea menos dura, la tierra más grata y el cielo más próximo. Al darles gracias a tales personas, se las damos a Dios, que se hace presente en nuestros hermanos los hombres. El autor de un libro titulado Pero yo os digo, de G. Chevrot, afirma:”No creamos cumplir con los hombres porque les damos, por su trabajo y servicios, la compensación pecuniaria que necesitan para vivir. Nos han dado algo más que un don material. Los maestros nos han instruido, y los que nos han enseñado el oficio, o también el médico que ha atendido la enfermedad de un hijo y lo ha salvado de la muerte, y tantos otros, nos han abierto los tesoros de su inteligencia, de su ciencia, de su habilidad, de su bondad. Eso no se paga con billetes de banco, porque nos han dado su alma”. Sigue diciendo: “Pero también el carbón que nos calienta representa el trabajo penoso del minero; el pan que comemos, la fatiga del campesino: nos han entregado un poco de su vida. Vivimos de la vida de nuestros hermanos. Eso no se retribuye con dinero. Todos han puesto su corazón entero en el cumplimiento del deber social: tienen derecho a que  nuestro corazón lo reconozca”. De modo particular, nuestra gratitud se ha de dirigir a quienes nos ayudan a encontrar y seguir el camino que conduce a Dios.
 
Sin duda alguna, el Señor se siente dichoso cuando también nos ve agradecidos con todos aquellos que, cada día, nos favorecen de mil maneras. Pero, para eso, es necesario pararnos, decir sencillamente “gracias” con un gesto amable, que compensa la brevedad y la limitación de las palabras. Es muy posible que aquellos nueve leprosos, ya sanados, bendijeran al Señor en su corazón; pero no volvieron atrás, como hizo el samaritano, para encontrarse con Jesús, que esperaba. Quizá, tuvieron intención de hacerlo, pero, a pesar de que el Maestro los aguardaba, no volvieron para agradecerlo. Es significativo que fuera un extranjero quien volviera a dar gracias. Esto nos puede recordar que, a veces, estamos más atentos a agradecer un servicio ocasional de un extraño, cuando, tal vez, damos menos importancia a las continuas delicadezas y consideraciones que recibimos de los que conviven con nosotros o de los más allegados.
 
No podemos tener la menor duda de que no existe un solo día en el que Dios no nos conceda alguna gracia particular y extraordinaria. Por lo tanto, no dejemos pasar cada día, al acostarnos y hacer un poco de examen, sin decirle al Señor: “Gracias, Señor, por todo”. No dejemos tampoco pasar un solo día sin pedir abundantes bendiciones del Señor para aquellos, conocidos o no, que nos han procurado algún bien.
 
(José Manuel Ardións Neo, párroco de San Benito de La Coruña, texto completo en www.parroquiadesanbenito.com
 

 
Para rezar:
 
Gracias, Señor:
Por todo cuanto me diste en el año que terminó.
Gracias por los días de sol y los nublados tristes,
por las tardes tranquilas y las noches oscuras.
Gracias por la salud y por la enfermedad,
por las penas y las alegrías.
Gracias por todo lo que me prestaste y luego me pediste.
Gracias, Señor, por la sonrisa amable y por la mano amiga,
por el amor y por todo lo hermoso y por todo lo dulce,
por las flores y las estrellas, por la existencia de los niños
y de las almas buenas.
Gracias por la soledad, por el trabajo, por las inquietudes,
por las dificultades y las lágrimas.
Por todo lo que me acercó a ti.
Gracias por haberme conservado la vida y por haberme
dado techo, abrigo y sustento.
Gracias, Señor. 
¿Qué me traerá el año que empieza?
Lo que tú quieras, Señor,
pero te pido fe para mirarte en todo,
esperanza para no desfallecer,
y caridad para amarte cada día más,
y para hacerte amar entre los que me rodean.
Dame paciencia y humildad, desprendimiento y generosidad,
dame, Señor, lo que tú sabes que me conviene y yo no sé pedir.
Que tenga el corazón alerta, el oído atento, las manos y la mente activas,
y que me halle siempre dispuesto a hacer tu santa voluntad.
Derrama, Señor, tus gracias sobre todos los que amo
y concede tu paz al mundo entero. 
 
Gracias, Señor. Gracias, Señor.
Amén.
 
(Anónimo)

 



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