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Editorial SAN PABLO
 
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Publicado en: Testigos

José “Pichi” Meisegeier: uno de los fundadores de los curas villeros

Por Pedro Siwak
Laico y periodista

El 27 de diciembre pasado murió el padre José María Meisegeier, a quien todos conocimos como Pichi. Tenía 78 años, 59 en la Compañía de Jesús y 46 años de sacerdocio. La causa del deceso fue una septicemia. Amalia Aima, delegada de manzana, y representante de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) en la Villa 31, contó que “el último día que vino a la reunión lo acompañamos a tomar un taxi. Ya no podía subir al colectivo para volver a su casa tras la operación de cadera que tuvo”.
Lo que distinguió a Pichi de sus hermanos jesuitas fue haberse convertido en cura villero, pero sin dejar de realizar otras tareas propias de su condición jesuítica. Se especializó en la construcción de viviendas populares y en la organización de cooperativas para levantar barrios habitados por gente humilde. Había organizado el Secretariado de Enlace de Comunidades Autogestionarias (SEDECA), una organización no gubernamental que coordina la actividad de varias organizaciones que trabajan en la mejora y construcción de la vivienda social desde la perspectiva del microcrédito y el apoyo a las comunidades. Desde 1995, otorgó 3.695 créditos por un monto cercano a los 3 millones de pesos. “Podemos decir que hemos ayudado a mantener unos 4800 puestos de trabajo –señaló Pichi–. En cuanto a microcréditos para mejoramiento y ampliación de viviendas deficitarias se otorgaron en seis años más de 1.200 microcréditos. Calculando un promedio de 4 a 5 habitantes por hogar, esto supone haber ayudado a algo más de mil familias a encarar soluciones habitacionales para mejorar sus casas”.
 
Por esta tarea, al margen de su acción pastoral como cura villero, Pichi fue invitado para dar charlas en universidades locales y en otros países sudamericanos. Participó además en congresos internacionales en varios continentes, en los que aportó sus originales puntos de vista. Leyendo sus discursos se toma conciencia del profundo estudio que realizó en esta área, en donde no solo analizó los problemas habitacionales de los pobres en Buenos Aires, sino también en Río de Janeiro, San Pablo, Santiago de Chile, Lima, Bogotá, Caracas y de ciudades de otros continentes, como China por ejemplo. Y además en todas sus exposiciones invocaba a los grandes estudiosos de estos temas, que vivían en otras partes del mundo. Sus estudios lo llevaban a evaluar las distintas migraciones que se realizaban en busca de trabajo, el impacto económico que tenían sobre la sociedad y la división entre ricos y pobres, alentada por los sectores empresariales que buscaban erradicar las propiedades ocupadas por los villeros para iniciar la construcción de autopistas, barrios cerrados, cementerios privados, etcétera. Pero además se ocupó de organizar la Colección Meisegeier-Archivo Mugica, que a partir de 2007 fue puesta en custodia en la Universidad Católica de Córdoba. Este reservorio histórico está integrado por volantes, afiches, carteles, panfletos, fotografías, libros, revistas, folletos, recortes de diarios, diapositivas, vídeos, etc., sobre temas como el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo – del que formó parte–, el archivo dedicado a Carlos Mugica –asesinado por la organización terrorista Triple A en 1974– y a Alberto Carbone – otro sacerdote tercermundista que sufrió cárcel en distintas ocasiones–. Incluye asimismo material de los movimientos sacerdotales latinoamericanos, del Equipo Pastoral de Villas de Emergencia, de la Acción Católica rural y de los movimientos agrarios, de la Comisión del Aborigen y de la Comisión Episcopal de Pastoral, disuelta por los obispos argentinos en extrañas circunstancias.
 
No podemos dejar de destacar que Pichi provenía de un hogar en donde mamó el catolicismo social. Su padre, Roberto, había sido uno de los laicos aguerridos que pelearon por la doctrina social de la iglesia en la primera década del siglo XX en contra de comunistas, socialistas y anarquistas y fue además jefe de redacción del diario católico El Pueblo, el único periódico que pervivió durante sesenta años. Su hermano, que llevaba el nombre de su papá, fue un destacado profesor de diseño en la UBA, en el Instituto Grafotécnico y en la Fundación Gutenberg, venerado por sus alumnos como lo refleja Google cuando se escribe su nombre. Y además un entusiasta difusor de los cine-debates que enseñaba en aquellos años a realizar una desapasionada crítica cinematográfica.
 
El difícil nacimiento de los curas villeros
 
Pichi es uno de los últimos del primer grupo de curas villeros que in-
tegraron Carlos Mugica, Jorge Goñi, Héctor Botán, Miguel Ángel Valle, el claretiano Daniel de la Sierra (alias el Gallego) –murió atropellado por un camión cuando circulaba con su bicicleta–, Rodolfo Ricciardelli, Jorge Vernazza, el capuchino Pedro Lepphaille y algunos más que no pudimos identificar. Viven aún Lepphaille (86) y Valle (74).
 
Todos estos sacerdotes movidos por similares deseos y afrontando un campo pastoral en el que no tenían mucha experiencia, sintieron la necesidad de agruparse y reunirse quincenalmente para orar, reflexionar y apoyarse mutuamente.
 
 
A este grupo sacerdotal se le encomendó una misión particular a través de un documento expedido por el entonces arzobispo coadjutor Juan Carlos Aramburu, en setiembre de 1969. Se juzgó conveniente en esa instancia crear una pequeña comunidad sacerdotal en la que sus integrantes vivieran del trabajo de sus manos y de lo que reciban espontáneamente de los fieles. Argentina había conocido por aquellos años la experiencia de los curas obreros, que comenzó a practicarse en la diócesis de Avellaneda, cuando Jerónimo Podestá era su obispo. Pero en Buenos Aires, con un pastor meticuloso como lo era Aramburu y que no demostró por aquellos años una empatía con esta experiencia autorizó a sus sacerdotes a “vivir del trabajo de sus manos” con tal que el trabajo “no ministerial” no pase de la media jornada como promedio semanal. Los curas villeros lo consideraron una conquista porque por primera vez se autorizaba oficialmente a iniciar esta experiencia en territorio porteño. Fue así como uno de ellos trabajó en una fábrica de automotores, dos en talleres de carpintería, otro en una herrería, otros en el mantenimiento de ascensores y hasta en una verdulería. Cuando su actividad en las villas se fue incrementando, a los curas villeros se les fue haciendo prácticamente imposible continuar con un horario laboral fuera de la villa. Pero además, los villeros los preferían tener todo el tiempo, porque se habían convertido en custodios de la población villera.
 
A mediados de los ’60 las villas crecieron a una tasa descomunal: el 15% anual. Sólo en Capital y el Gran Buenos Aires existían 400 mil villeros repartidos en 600 núcleos poblacionales.
 
¿Quién se anima a seguir a Carlos Mugica?
 
 Este es el relato de Pichi después del asesinato de Carlos Mugica: “Sucedí a Carlos Mugica días después de su asesinato.YovivíaenlaVilladeRetiro, junto al Puerto de Buenos Aires (Sector Saldías) y conocía muy bien el lugar, las familias, sus problemas, sus luchas. En mayo de 1974 ‘la Villa 31’ estaba en su máxima extensión, albergando unos 40 mil habitantes. ... El cuerpo de Carlos llegó a su capilla, Cristo Obrero, al mediodía del siguiente día de su asesinato, el domingo 12 de mayo. Fue una tarde y noche interminables, por el desfile incesante de villeros que, por todas esas redes informales que tienen los pobres cuando algo les preocupa, se avisaban sin saber cómo y se acercaban a ‘tomar gracia’ de su cuerpo yacente. Y lo acompañaron al día siguiente, llevando su cajón junto con un centenar de sacerdotes y portando sobre los hombros las coronas fúnebres durante las cuarenta cuadras que van de la Villa al Cementerio de La Recoleta. ... Al mejor estilo boliviano y de las provincias del Noroeste argentino colocaron en las paredes de la Capilla ‘sus lutos’: flores y crespones de papel violeta y negro formando cruces y guirnaldas. Por encima de los adornos estaba esta frase que es todo un desafío: ¿quién se anima a seguir a un sacerdote que dio la vida? ‘El padre Carlos no ha muerto, vive en nuestra hermandad’, canta el estribillo de una zamba que le dedicaron entonces los villeros del Bajo Flores”. Pichi Meisegeier decidió tomar la posta que dejó Carlos Mugica.
 
Sacerdote del Tercer Mundo
 
Pichi integraba el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), un grupo de sacerdotes de gran parte del país con profundas inquietudes sociales nacidas de su compromiso cristiano, que en su mayoríahabíanhechosuopciónpor el peronismo –los menos por el marxismo– y que dejaron una impronta en aquellos años de régimen militar, violencia armada con los grupos guerrilleros y de profunda división entre los argentinos. División que alcanzó como pocas veces a los obispos, que en su mayoría condenaban a los tercermundistas. Vale consignar que por aquellos años los obispos eligieron dos veces como presidente (1970 y 1973) al que era vicario castrense y arzobispo de Paraná, Adolfo Tortolo, un hombre ideológicamente posicionado junto a los militares. Pichi hizo este comentario años atrás sobre el MSTM: “Hoy, en los Seminarios de Formación Teológica se reúnen tres o cuatro mil chicos y chicas, el noventa por ciento de barrios pobres. Creo que es una semilla que sigue, brasas que siguen ardiendo. Hay manifestaciones sueltas aunque más reducidas, comunidades eclesiales de base que trabajan en varios lugares. El diálogo con judíos y musulmanes es ahora más frecuente. Por contagio, ósmosis o casualidad, pero está presente. En otros tiempos teníamos a los “tres mosqueteros”, Hesayne, De Nevares y Angelelli. No va a haber otro Angelelli que celebre la misa de Nochebuena en una villa miseria de la ciudad de La Rioja en vez de la iglesia catedral... Como decía Joao B. Libanio, la teología de la liberación no viene de arriba, viene de abajo. Se estudia ‘arriba’ en las
universidades, pero nace desde abajo, desde el pueblo. La mayor evolución teológica se está dando en la India y también en algunos lugares de África”.
Después de haberse dispuesto la disolución del MSTM, un grupo importante de sacerdotes y laicos se manifiesta actualmente a través de la opción por los pobres.
 
La violencia militar en las villas
 
“En plena dictadura auxilió a los vecinos que eran echados violentamente de esta villa. Más tarde, los ayudó a integrar cooperativas en localidades del conurbano como Derqui, San Miguel, José C. Paz, adonde habían sido arrojados, sin ningún tipo de asistencia”, explicó Zulma Moreti, de 49 años, que estuvo con él pocas horas antes de morir.
 
Hacia 1976 dijo Pichi: “Sabía que la mano venía durísima. Los jesuitas de Belgrano ya me habían dicho: ‘No te vengas por acá’. Yo me fui a la villa a protegerme. Porque sabía que, al menos en los años anteriores, más allá de 300 metros hacia adentro de la villa, la ‘cana’ no entraba. Yo tenía mi plan de escape pensado, por qué pasillo salir, pisando qué durmiente. Los dirigentes qué otra cosa podían hacer que borrarse e irse al interior”. La campaña propagandística se redobló hacia 1977 cuando se inició el plan de erradicación a cargo del intendente Osvaldo Cacciatore, junto con el titular de la Comisión Municipal de la Vivienda, Guillermo del Cioppo, quien en cierta ocasión afirmó: ”Vivir en Buenos Aires no es para cualquiera sino para el que la merezca”. Y el ejecutor de los violentos desarraigos fue el comisario Salvador Lotito. Estos funcionarios se habían propuesto limpiar los terrenos de las villas, pero ante la aparición del cardenal o de los curas amagaban con recular, pero faltaron a la palabra empeñada no sólo frente a los curas villeros, sino frente a la Iglesia como institución, y a los villeros como ciudadanos. Varias veces estando ya el camión a la puerta de la casilla y los agentes municipales prontos a cargar los pobres muebles para ser trasladados, si acudía en el momento el cura, llamado por el vecino que iban a erradicar, los municipales accedían a conceder un nuevo plazo en atención a la intervención del cura, aunque luego en otro momento concretarían finalmente el operativo. Constituía este modo de proceder una táctica general expresamente asumida: no querían mostrar ningún tipo de enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica.
De los casi 225 mil villeros del ‘76 se pasó a 146 mil en un año, a 115 mil 1978, 51.845 a fines del ‘79 y a 40.553 para junio de 1980.
 
Un día, ya avanzada la erradicación de la 31, un vecino de Saldías se apareció para decirle a Pichi: “Padre, tiraron unos cuerpos ahí en el barrio. Nos dijeron que no los miráramos, que no los tocáramos porque si no nos iba a pasar como a ellos”. Eran cadáveres tirados como NN los que aparecían en la costa del río, Fátima o Pilar. Pichi interpretó que fueron cadáveres tirados a modo de presión psicológica sobre los villeros. Los cuerpos quedaron ahí y después las motoniveladoras les pasaron por encima.
La pastoral villera había solicitado antes, infructuosamente en 1977, la intervención personal del cardenal Aramburu. Tuvieron que pasar dos años para que el cardenal se decidiera a enviarle una carta al intendente solicitando “que nadie utilice, consciente o inconscientemente, la presión, la intimidación o cualquier otro estilo o forma de trabajo que pueda quitar la paz y la calma para el trabajo fructífero”.
Muchas otras historias similares fueron resumidas por siete curas villeros en lo que fue un informe célebre: “La verdad sobre la erradicación de las villas de emergencia del ámbito de la Capital Federal”. Fechado en octubre de 1980 estaba suscripto por los curas Botán, Valle, de la Sierra, Ricciardelli, Vernazza, Meisegeier y Lepphaille, quienes con un grupo de villeros, fueron los únicos que a mediados de la dictadura se atrevieron a difundir lo que estaba sucediendo, enfrentando la versión oficial.
 
Los siete curas le entregaron el documento al cardenal, para que lo aprobara. Cuando Aramburu recibió el texto de veinte páginas dijo: “Esto no fue protocolizado”. Los siete curas persistieron. Dijeron que ésa era la tercera vez que hablaban del tema. Y decidieron entonces entregarlo a la prensa. “Hace más de diez años que trabajamos en estas villas y desde hace ya más de tres, que diariamente hemos tenido que escuchar y compartir las angustias de miles de erradicados; hemos visto con nuestros propios ojos centenares de familias realojadas de una villa a otra, en condiciones cada vez más miserables; hemos visitado varios lugares del Gran Buenos Aires donde se levantaron nuevas y peores villas con los erradicados de la Capital Federal”.
 
“Muchas familias debieron desarmar en el día sus casillas, pasar la noche a la intemperie junto con sus hijitos; al día siguiente cargar todas sus cosas en un camión, los mismos que se emplean para la recolección de basura y sin que se los haya limpiado, y eran luego arrojadas, pues se trata de camiones volcadores, en un estrecho sitio donde tienen que volver a rehacer sus casillas y permanecer a la intemperie mientras no las acaben”.Muchos de los erradicados, continuaba el documento, quedaron en terrenos con sus chapas y maderas, a la intemperie, “sin ningún tipo de construcción en la que pudieran albergarse”. Supieron a los pocos días de la difusión del informe que el brigadier Cacciatore tronó. “Esos no son curas, que los rajen”, y presionó sobre la Iglesia para que los echaran. El cardenal Aramburu fue más prolijo: aplicó sobre ellos lo que se llama una “amonestación canónica” –tarjeta amarilla, como tradujo el padre Pichi–, cosa que los sacerdotes soportaron dóciles y felices.

El respaldo de Caritas a los curas villeros
 
El padre Pichi, desde la piecita de arriba del almacén que tenía en la villa de Retiro, pegado a la capilla, había conseguido el amparo de la parroquia San Martín de Tours, de gente pudiente. Caritas y la parroquia lo apoyaron para iniciar proyectos de autoconstrucción en cooperativa y salvar con ellos a la poca gente que quedaba en la 31. Setenta familias que terminaron siendo 44, contra las seis mil estimadas en el ‘76. La creación de la cooperativa Copacabana fue fruto de ese tipo de esfuerzos, lo mismo que otras como la Caacupé o la Madre del Pueblo, motorizada por el padre Vernazza en el Bajo Flores y amparada legalmente por el Centros de Estudios Legales y Sociales (CELS). Lo que nació como cooperativa Madre del Pueblo suma 1.500 viviendas construidas. Un cambio empezó a experimentarse cuando asumió la presidencia Raúl Alfonsín, los años de la democracia. Magtara Feres cuenta: “Nosotros vimos a algunos que volvieron al barrio, o los hijos. Eso pasó una vez en tiempos de Alfonsín: que tomamos los terrenos, pero con permiso de una funcionaria. Le pedimos que los hijos nuestros, que vivían amontonados en la misma casa, o los hijos de los que les tiraron la casa, pudieran tomar esos terrenos. Ella de palabra nos dijo que sí, que después nos iban a regularizar. Y todas las noches teníamos que salir a la calle, a avisar a la gente, para cuidar esos terrenos”.

La década del 90
El modelo financiero instalado en Argentina a comienzos de los ’90, mediante la privatización de las empresas del Estado, la convertibilidad monetaria y la importación de numerosos productos que antes se elaboraban en el país, fue generando una gran desocupación.
Los villeros debieron ingeniárselas para lograr ingresos para su entorno familiar y recurrieron entonces a la venta ambulante, los kioscos, los pequeños comercios, las remiserías y servicios menores tales como reparación de bicicletas, taxis, fleteros, peluqueros, arreglo de ropa y calzado, etcétera. Los clásicos “botelleros” se multiplicaron y surgieron los cartoneros que aparecen en pleno centro de la urbe porteña con el atardecer. Surgieron entre ellos algunos emprendimientos que permitieron acopiar en mayor cantidad, evitar los intermediarios y llegar directamente a las plantas procesadoras de papel, plástico, aluminio, chatarra, etcétera. En este tiempo se formaron varias organizaciones entre las que señalamos: Cooperativa de Recicladores de El Ceibo, Recuperadores Urbanos de Buenos Aires y la Asociación de Carreros y Cartoneros de Villa Itatí, Bernal.

Los nuevos villeros

A partir del nuevo siglo hubo nuevos curas villeros, que admiraron siempre a los que abrieron el surco en esta tarea pastoral. Pero llegaban mejor pertrechados, los jóvenes sentían admiración por ellos, como en otras épocas anteriores se admiró a los misioneros que se adentraban en territorios inexplorados. Pero además hubo un vuelco fundamental en el nivel jerárquico. Hoy el cardenal Jorge M. Bergoglio viaja en ómnibus como es su estilo y los visita en las villas y respalda su gestión pastoral.
Pero en las villas hubo cambios notorios. ”Cada vez que llegaba la Navidad o el Año Nuevo y los vecinos se reunían en las calles para festejar juntos” rescata un ex cura villero... ”La villa no es como era antes”... “Antes podíamos estar juntos”... “Antes las casitas eran de puertas abiertas, ahora hay rejas y todos desconfían de todos”...
Magtara Feres señala: “En ese tiempo comenzó a entrar la droga. Los chicos terminaron drogadictos, muertos por el SIDA, por la droga, o por la policía. Jamás el barrio volvió a ser lo que era. Cuando se volvió a poblar, ya la gente no era igual, era desconfiada, habíamos perdido todo lo bueno. El barrio era tan honesto. Siempre digo que podíamos dormir con las puertas abiertas. El más pobre te venía a pedir, ‘¿No tiene un pan?’ o a algo así, pero no te iba a robar. Cambió la gente... cambió”.
En ese ambiente pastoreó Pichi. Pero dejó un legado que recogen los jóvenes sacerdotes que le encuentran un sentido a su ministerio, a su consagración y a su sacerdocio. Y que guardan devoción por quienes los precedieron.

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