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Editorial
Asunción de María y exaltación del cuerpo humano

Jueves 11 de Agosto de 2022

Por: P. Hernando Jaramillo, ssp

La crisis que atraviesa la humanidad por cuenta de la pandemia y de las guerras, pone nuevamente al descubierto la fragilidad del ser humano. Y, sin embargo, vemos cómo Dios, que parecía enterrado y ausente en medio de nuestras aceleradas vidas, sigue regenerando la humanidad desde el barro de la indiferencia, desde la arena de la autosuficiencia y desde el espejismo de las falsas seguridades.


Dios sigue actuando y pone al centro la vida humana, rescatada con el ofrecimiento de Jesús en el calvario e iluminada con la luz de la resurrección. En ese contexto, cuando celebramos la fiesta de la Asunción, no sólo evocamos la exaltación-glorificación que, por Cristo y en Cristo, ya se ha cumplido en la Virgen María, sino la que un día se ha de cumplir en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia: también para nosotros aplica la promesa de tener un día una asunción al cielo. De hecho, el Catecismo de la Iglesia Católica dice en el numeral 966: “La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos”.


Si no hubiese resurrección, todo el edificio de la fe se derrumba, como afirma enfáticamente san Pablo (Cf. 1Cor 15). Ante la atracción de las cosas de aquí abajo, que pueden aparecer en ocasiones como las únicas que cuentan, hemos de considerar repetidamente que nuestra alma es inmortal y que, el hombre entero —alma y cuerpo— está destinado a una eternidad sin término. Por tanto, todo lo que hagamos en este mundo dejará sus huellas en esa vida que nos espera, pues pertenecemos totalmente a Dios.


En la Asunción de María vemos también cumplido el anuncio de san Pablo según el cual “el Señor transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso” (Flp 3, 21). Por eso nos exhorta a glorificar a Dios en nuestro cuerpo (Cf. 1Co 6, 12-14). La pureza es gloria del cuerpo humano ante Dios y es gloria de Dios en el cuerpo humano. Que la Virgen María, asunta al Cielo en cuerpo y alma, nos recuerde en toda ocasión que también nuestro cuerpo ha sido hecho para dar gloria a Dios, aquí en la tierra y en el Cielo por toda la eternidad.